Harry latino

miércoles, 12 de diciembre de 2012

conociendo la verdad /El niño que vivio


-Vamos Sev, comienza a leer- apremio Lily con una sonrisa

-Bien- exclamo Snape abriendo el libro en el primer capítulo y leyó- El niño que vivió

-¿Y eso que es?-inquirió Sirius molestando a Snape

-Si me dejas leer lo sabremos- mascullo Snape entre dientes

-Bien, bien, continua- negó Sirius con elocuencia

Severus se aclaro la garganta y comenzó a leer:

El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.
El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros.

-Lil ¿Qué es un taladro?- pregunto James curioso viendo a su novia

-Es una maquina para hacer  hoyos en una pared- explico la chica con una sonrisa

-¿Y para que alguien querría hacer un hoyo en una pared?- pregunto Sirius dudoso

-Para colgar algo- dijo Harry rodando los ojos

-Pero…- iba diciendo Remus

-Ya- lo corto Snape desesperado- no lo entenderán, ¿puedo continuar?- bufo en dirección a sus ex compañeros

- Clama Snape. Te pondrás muy viejo- se burlo Sirius

-¡Black!- bufo Snape molesto

-Severus, continua por favor- pidió Dumbeldore en tono tranquilizador

-Bien- renegó él profesor

Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso. La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo delo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos.

-¿Tunny?- inquirió Lily dudosa

Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.

-¿Quién  le pone Dudley a un niño?- pregunto Sirius divertido- es un nombre bastante raro

-Mira quien lo dice Orión- se mofo James- perro estrella

-¡Cállate!- riño su amigo

Harry y sus amigos rieron por lo bajo y McGonagall negó con una tierna sonrisa, recordando las andadas de los chicos en su tiempo. Severus negó rotundamente y continuo con la lectura.

Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.

-¿Los Potter?- pregunto James sorprendido

-Aquí empieza- tercio Harry viendo al que sería su padre

-¿Qué quiere  decir?- dijo Sirius viendo a Harry- ¿Qué tiene que ver James con ellos?

-Ya veras- sonrió Harry con melancolía

La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana, porque su hermana y su marido, un completo inútil,

-¿Un completo inútil?- grito James molesto, intuyendo que hablaban de él y Lily

-Tranquilo James- lo tranquilizo su novia con un tierno beso- ya me las pagara mi querida hermana- tercio viendo al libro furiosa

James sonrió agradecido y viendo a Severus le pidió que continuara

eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar. Los Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como aquél.

-¿Con un niño como aquel?- bufo furiosa Lily volteando a ver a Harry. Este se encogió de hombros con una mueca poco elocuente- ¿Qué quiso decir?- fulmino a Harry con la mirada.

Como nadie dijo nada, Severus siguió leyendo.

Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo,

-¿Una corbata sosa?- se mofo Sirius- ¿para ir al trabajo?- rio el chico- si de por si me choca ponerme la de la escuela, ahora una para ir a trabajar, bonito me voy a ver- termino viendo a sus amigos con una sonrisa de complicidad.

Severus los fulmino con la mirada, mas no dijo nada, esperaría a que todo acabara para vengarse por todo y continuo leyendo.

y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta. Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.

-¿Una lechuza en un pueblo muggle?- exclamo Lily volteando a ver el director-¿Qué hace una lechuza cerca de la casa de mi hermana?, odia a las lechuzas, siempre renegaba de la mía- tercio con los brazos en jaras

Severus vio a Lily con melancolía, recordando todas y cada una de las peleas que las hermanas habían tenido en la infancia y juventud de ambas niñas.

A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Diablillo», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa.

-Mira que lo digas tú- tercio Harry con ironía

Se metió en su coche y se alejó del número 4.
Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad.

-¿Un gato viendo un plano de la ciudad?- dijo curioso Remus viendo a su profesora- ¿Qué estaba haciendo ahí, Profesora McGonagall?

Esta sonrió con un encogimiento de hombros e incito  su colega a seguir leyendo.

Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto,

-¿Cómo se va a dar cuenta si es un muggle estúpido?- exclamo James con burla

pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica. El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada.

-¿Ve profesora? Si es usted- indico Remus viendo fijamente a su profesora

-Nada de su incumbencia, Señor Lupin- tercio molesta la profesora

-En realidad profesora, tengo el presentimiento de que pronto lo sabremos- dijo Lily con una elocuente sonrisa

Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos).

-McGonagall si que sabe leer- determino James divertido

-Claro compañero. Ella sí que sabe leer, sino porque nos habría dejado tanta tarea- aprobó Sirius sonriendo- por cierto profesora ¿tenemos que entregarle ese ensaño sobre la trasformación animal?- inquirió el chico con timidez

-Si señor Black, si tiene que entregármelo en cuanto regrese.

-Hum- mascullo el chico con la vista en el piso.

El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día. Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa. El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula. ¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes!

-¿Por qué habría magos en medio de la ciudad?- dijo Lily sorprendida.

-Ya vera la razón señorita Evans, espere un poco, no podemos adelantarles nada- repuso Dumbeldore seriamente.

-Profesor… ¿no cree que seria mejor decirles nosotros antes de que se lea?- inquirió Harry dudoso.

-¿Y como piensas explicarlo Potter?- dijo Severus con sorna.

-¿Explicar qué? - inquirió James viendo a Severus detenidamente.

-Ese placer no es mío Potter, alguien mas tiene que hacerlo, no soy yo quien debe explicarlo- tercio Severus con voz pausada y contenida de emoción, aunque con un deje de tristeza por Lily.

-¿Qué cosa es eso?, no entiendo- exclamo Sirius viendo primero a Dumbeldore, luego a Harry y al último a Snape.

-Black, tu nunca entiendes- se mofo Severus conteniendo la risa.

-No es verdad, se más cosas que tu y aunque no lo creas yo si prestaba atención en clase. Era mejor que tu, acaso lo olvidas- exclamo con sorna el chico.

Severus negó para calmarse y no gritarle algo de lo que se fuera a arrepentir y mejor siguió leyendo.

Supuso que debía de ser una moda nueva. Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo.

-¿Tontería publicitaria?- se extraño James.

-¿Colecta?- dijo Remus con los ojos entrecerrados- para que hiciéramos una colecta.

-No lo se hermano- se encogió de hombros James.

Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.

-Sigo preguntándome porque querría hacer alguien un hoyo en una pared- dijo Sirius rodando los ojos.

-Sirius- exclamo Harry viendo al chico a la cara- es algo complicado de explicar, créeme, no lo entenderás.

El chico se encogió de hombros y Snape continuo con la lectura.

El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra.
La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas.

-¡Que hombre tan horrible!, no se como Tunny se pudo casar con él- exclamo Lily confundida.

-Ni yo se como pudiste casarte tu con Potter- dijo Severus entre dientes  para que nadie lo oyera.

Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy
buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.
Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no estaban pidiendo dinero.
Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.
—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...
—Sí, su hijo, Harry...

-No tengo ningún hijo- exclamo sorprendido James, volteando a ver a Harry pidiendo una explicación.

-No me veas a mi, no es mi culpa- inquirió Harry acogiéndose en su lugar.

James, aun sorprendido pidió que se continuara leyendo.

El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.
Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido. Potter no era un apellido tan especial.

-Claro que era especial- musito James molesto- es mas, es increíble, también el de Evans, Black y Lupin… y de mas- termino el chico viendo a los restante de la sala.

-James, tu apellido es muy común en el mundo muggle- tercio Lily viendo a su novio- es mas que en el mundo de los magos.

Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño. Podría llamarse Harvey. O Harold. No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así...!

-Ya quisieras tener una hermana como Lily- exclamo James fulminando el libro con la mirada.

-Opino lo mismo- aprobó Severus con un asentimiento sorprendiendo a los merodeadores y el trió.

Pero de todos modos, aquella gente de la capa...
Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.
—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.
Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:
—¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día!

-¿Voldemort ya no existe?- exclamo Remus sorprendido.

-Ya no tendré que preocuparme por ocultar mi paradero una vez que salga del colegio- dijo Lily con una amplia sonrisa besando a su novio, el cual la abrazaba con ternura.

-Si amor, ya no debes preocuparte por lo que les pueda hacer a tus padres- dijo James alegre.

-Yo no estaría tan seguro- pensó Harry para sus adentros.

Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó. El señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).

-Eso no me lo tienes que decir- tercio Harry negando y rodando los ojos.

Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos.
—¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz alta.

-Eso no sirve con McGonagall- exclamo Remus serio.

El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa.

-Te lo dije- rio Remus rodando los ojos.

El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato. Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.
La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija, y le contó que Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»).

-Ya ni yo le decía eso profesora- dijo Sirius divertido

 El señor Dursley trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.
—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—.
Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo.
¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?
—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores!
Pero puedo prometerles una noche lluviosa.
El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...

-¿Qué tanto tengo que ver yo aquí?- se extraño James viendo a Harry, el cual aferraba la mano de Ginny, mientras Ron y Hermione veían sorprendidos el libro.

La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien.
Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?
Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.

-Y eso a mi me duele mucho, yo no quería pelearme contigo, si no fueras tan celosa- dijo Lily con un deje de tristeza, haciendo que James la besara para que se alegrara un poco.

-No estas sola- sonrió su novio para darle ánimos.

-Gracias- sonrió la chica besando a su novio.

—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?
—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...
—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley
—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.
La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:
—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?
—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez.
—¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?
—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.

-No es cierto, ese nombre me gusta mucho- dijo Lily con una sonrisa- James, si tenemos un hijo le pondremos así- tercio viendo a su novio con determinación.

-Como tu digas Lily-  dijo James con aire soñador, pensando en un hijo suyo y de Lily.

-Harry sonrio al saber que la responsable de su nombre era su madre, Ginny apretó la mano de su novio con cariño, y Hermione rio de la reacción de James. Ron no podía creer que ellos no se dieran cuenta que su hijo estaba frete a ellos y justamente se llamaba Harry.

—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.
No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.
¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.

Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...
¡Qué equivocado estaba!

El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche. Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron. En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido.

-No tiene ni idea- exclamo Harry recordando como los Dursley lo trataba por solo decir magia.

-¿Qué quieres decir?- inquirió James sorprendido.

-Bueno, al menos en la casa de los Dursley no se puede hablar de nada que tenga que ver con la magia- explico el chico con un encogimiento de hombros.

-¿Pero por que?- dijo Sirius confundido.

-No lo se- tercio Harry negando confundido- creo que le tienen miedo.

James y sus amigos comenzaron a reír por lo dicho por Harry, unos muggles temiendo la magia, increíble, no lo podían creer.

-¿puedo continuar?- inquirió Severus molesto.

-Claro Sev, no les hagas caso- rio Lily divertida.

Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre dientes y murmuró:
—Debería haberlo sabido.

-Ve profesora, hasta Dumbeldore la reconoce- rio Sirius divertido.

-Es verdad, hasta el la reconoce, usted es inconfundible- tercio James sonriendo a su profesora.

-Jóvenes- sonrió McGonagall negando con la cabeza.

Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido.

-¿Dónde lo consiguió?- pregunto curioso Remus.

-Digamos señor Lupin que yo lo invente- dijo Dumbeldore solemnemente- y eso ya es decir mucho.

-Wow, es increíble- exclamo Harry sorprendido.

-Gracias señor Potter- dijo Dumbeldore con una inclinación de cabeza.

Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras. Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba.
Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.

—Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.

Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.

-Ve, es usted- indico Sirius con voz de triunfo.

-Ya lo sabia señor Black-exclamo con voz molesta McGonagall.

-Y ¿Por qué no nos lo dijo antes?- quiso saber James.

-Todo a su tiempo- indico Dumbeldore seriamente.

Los chicos no dijeron nada, intuían que algo malo pasaría para que Dumbeldore se halla puesto así.

—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.

—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.

—Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo —respondió la profesora McGonagall.

-No se enfado profesora- exclamo sorprendido Ron- la única vez que estuve en esa casa me sentí como en un hospital por lo limpio.

McGonagall lo fulmino con la mirada y el chico bajo la mirada asustado.

—¿Todo el día? ¿Cuando podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.

La profesora McGonagall resopló enfadada.

—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.

-Diggle me cae muy bien, siempre le saca el lado amable a la situación- sentencio James asertivo.

-Tienes razón cornamenta, ese sujeto es increíble- aprobó Sirius chocando las palmas con James.

—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...

—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...

James y los chicos se vieron entre ellos, de que rumores hablaban, se preguntaban todos, pero por una extraña razón que ni ellos conocían no las extremaron, Harry y los suyos ya sabían que se aproximaba, era el día en que murieron los padres de Harry, un duro golpe para el muchacho, algo que lo marcaria de por vida. Dumbledore tenia la cabeza gacha, McGonagall tenia leves sollozos y Hagrid no sabia que hacer estando los chicos frente a él, pues ellos no sabían, Snape, por su lado, no sabia si llorar o no, por un lado, le dolía que Lily hubiera muerto, aun que él hubiera pedido clemencia por ella, pero por otro… no sabia que pensar sobre James, es verdad que le desagradaba, pero el se había interpuesto entre Lily y Voldemort, algo que él no había podido hacer, pero aun así… por algún motivo, aun no podía perdonarlo.

Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.

—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?

-¿Quién se ha ido profesor?- dijo James observando al profesor Dumbledore.

-Ya veras, deja que sigan leyendo- pidió Dumbledore con la voz casi inaudible.

James no dijo nada, pero ahora entendía la razón de sus profesores y los chicos que vieron en un principio, uno de ellos se parecía a él, pero era imposible, el no podía ser su padre, aunque es verdad que se le parecía, salvo los ojos, son como los de Lily, se dijo mentalmente viéndolo con detenimiento, pero creo que Lily y yo estamos… no, no puede ser cierto.- pensó negando con los ojos cerrados y aferrado a la mano de su novia.

—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?

—¿Un qué?

—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.

-Ahora entiendo por que las claves raras de su despacho- dijo Sirius con elocuencia.

—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...

-¿Él fue quien desapareció?- inquirió Sirius sorprendido.

-Black, solo me dejas leer un par de frases, así no entenderás nada- exclamo Severus molesto.

—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe».

-No lo va a lograr- determino Sirius divertido.

-¿Por qué lo dice señor Black- dijo McGonagall observándolo seriamente, aunque escondía una sonrisa.

-A usted no le gusta decir ese nombre, ya sabe- se encogió de hombros Sirius- no le agrada.

McGonagall rio por el comentario, provocando que Snape negara significativamente

-Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.

—Sé que usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.

—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.

—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.

—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.

-¿Usted usa orejeras?- pregunto sorprendido Ron.

-Si señor Weasley, para el frio- explico Dumbledore divertido

La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.

—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?

Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad.

Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.

-No es la única profesora- indico Lily al borde de su silla.

—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.

-No puede ser posible- grito Sirius cayéndose de su silla.

-Lily y James muertos- exclamo Remus con voz de ultratumba.

-Lily…- James abrazo a su novia la cual sollozaba en su hombro.

-James… como es posible… en este tiempo estamos… mu-muerto- sollozo Lily en el hombro del chico

-No dejare que pase cielo- negó el chico sujetando la cabeza de su novia- así me tenga que interponer entre tú y ese maldito asesino- tercio el chico decidido.

Harry, Ron, Hermione y Ginny veían con tristeza la escena, sabían lo que venia a continuación, enterarse que Harry era su hijo y que vivía con los Dursley.

Snape estaba con la mandíbula abierta, no esperaba la reacción de James, esperaba todo menos eso, y ahora no sabia que pensar de su enemigo numero dos, pues el primer puesto se lo llevaba y por mucho Voldemort, por arrebatarle lo que él mas quería, Lily.

Hagrid sollozaba por lo bajo, al igual que McGonagall, Dumbledore no estaba mejor que ellos, aunque se negaba a llorar, sabia que tarde o temprano tendría que explicar las cosas, volteo a ver a Snape y este entendió lo que le decía el director y siguió leyendo.

Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.

—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...
Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.

—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.

La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.

—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. 
Pero no pudo.

James volteo a ver a Harry con la boca abierta, sorprendido, no era posible, quiso matar a eso niño, a su niño. Se levanto lentamente, dejando a Lily desconcertada, con paso lento se acerco al chico de ojos verdes quedando frente a él, lo vio con detenimiento, poco a poco se dio cuenta que sus especulaciones eran ciertas, ese chico era su doble, así que no había opción a nada mas, él era el Harry del que hablaba la historia, el era su hijo.

-Eres tú-no era una pregunta, era una afirmación.

Harry asintió lentamente, provocando en James que una lágrima silenciosa rodara por su mejilla.

-Tu eres… o serás mi hijo- lo veía como nunca había visto a nadie, comenzó a sentir un deseo y necesidad de abrazarlo, de saber que era real, no solo una ilusión o un sueño, se acerco un paso mas a él y le tendió su mano, Harry se puso lentamente de pie y James lo abrazo como nunca había abrazado a alguien, esto era extraño, el chico era de su estatura, casi de su edad y aun así el era sangre de su sangre, carne de su carne, sonrió al estrechar al chico entre sus brazos.-No puedo creerlo- se separo un poco de él para verlo de nuevo- tengo un hijo, bueno voy a tener un hijo… y lo estoy viendo, y es de mi edad… bueno… casi de mi edad- rio con ganas a Harry y este le devolvió la sonrisa

Lily contemplaba la escena aturdida, no lograba entenderlo o mejor dicho no quería creerlo, Harry ¿su hijo?, básicamente en estos momentos era de su edad, pero las pruebas eran contundentes, era idéntico a James, pero sus ojos son como los míos- pensó la chica con orgullo- se puso de pie lentamente, pero una vez parada acorto la distancia del hombre con el que pasaría el resto de su vida y el chico que seria su hijo, los estrecho a ambos entre sus brazos, no quería separarse de ellos, no quería y no podía, ellos eran lo mas importante de su vida y si por ellos tendría que sacrificarse lo haría con gusto.

Para ese momento Harry lloraba, nunca había sentido un abrazo como aquel, una cosa era como lo llego a abrazar Sirius o Remus en ultima instancia, lo mas cercano a esto eran los abrazos de la señora Weasley, pero esto era el mejor abrazo que había recibido en su vida, era como un sueño, un sueño del cual no quería despertar, se separo lentamente de ambos y todavía con lagrimas en los ojos les sonrió y exclamo- no saben la falta que me han hecho todos estos años, aunque sea para regañarme por todo lo que he hecho, pero… lo he echado mucho de menos.

-Yo…-Lily no sabia que decir, lo sentía suyo, y no iba a permitir que nada le pasara.

-No hace falta decir nada ma… Lily- se arrepintió Harry en el ultimo momento- el hecho de que estén aquí es lo mejor que me ha pasado, incluyendo a Ginny y mis amigos, o el conocer a mi padrino y su mejor amigo- sonrió Harry a Sirius y Remus.

-¿Soy tu padrino?- dijo Sirius dando un salto de emoción.

-¿Quién mas podría ser?-inquirió Harry encogiéndose de hombros.

Sirius lo alcanzo y le dio un gran abrazo, ahora si podía decir que era mas que parte de la familia Potter, y eso lo ponía muy feliz.

Los demás veían la escena conmovidos, Hermione y Ginny tenían lagrimas de felicidad por ver a su amigo y novio al fin con su familia, Ron nunca se había puesto a pensar cuanta falta le hacían sus padres a su mejor amigo, y Severus, Severus era el mas sorprendido, nunca creyó que él chico echara tanto de menos a su familia.

Aclarándose la garganta continuo leyendo, con James y Lily sentados a ambos lados de su hijo sujetándole las manos con cariño.

no pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.

-¿Tu lo hiciste desaparecer?- se sorprendió James.

-Gracias a ustedes- explico el chico sujetando la mano de su madre.

Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.

—¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? 
Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?

—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.

-¿en verdad no sabe porque?- pregunto Lily curiosa.

-Si sabemos la razón, bueno ahora la sabemos- respondió Harry con tristeza- pero mas adelante lo sabrás, por favor no me preguntes nada, no aun- pidió el chico viéndola con ternura.

-Bien, de acuerdo, pero solo por que tu me lo pides- repuso Lily con una sonrisa.

La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:

—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?

—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.

—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.

-¡Esta loco!- grito Sirius molesto- el no puede vivir ahí, esos muggles lo maltrataran, ya vio como son- se puso de pie de un salto observando a Dumbledore.

-Sirius, es para que yo este a salvo- informo Harry en tono tranquilizador.

-¿Cómo?- quiso saber James viendo a su hijo.

-Cuando mi madre murió protegiéndome, ella hizo magia antigua, con la cual, al darse como sacrificio para salvarme, una magia poderosa me protegió y la única forma de terminar el hechizo es que yo fuera a vivir con mi tía, la hermana de mi mama, mientras ella me cuidara, a mi Voldemort no puede tocarme, ni hacerme daño alguno- explico el chico a su padre con una sonrisa.

-Eres grandiosa Lily- dijo James dándole un tierno beso a su novia.

-Si, mi mama es grandiosa- acordó Harry con orgullo.

-Gracias… a los dos- sonrió la chica a sus dos hombres.

—¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!

—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.

—¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—.
Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre.

-No le dejos solo una carta ¿verdad?- pregunto Lily escéptica.

-La verdad es que si, y al parecer no sirvió de mucho- negó Dumbledore abatido.

—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?

La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:

—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.

-¿Cómo puede creer eso? Es peligroso para un bebe, podría ahogarse- exclamo al ramada Lily.

-La profesora se encogió de hombros en son de disculpa, no le paso por la cabeza ese riesgo.

—Hagrid lo traerá.

—¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?

—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.

—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?

Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.

La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín. En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.

—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?

—Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.

-Es mi moto- sonrió Sirius al chico de ojos verdes.

-Lo se, pero nunca la he visto- respondió Harry divertido.

-¿Cómo?... es increíble, James, Remus y yo hemos ido a muchos lados en ella- explico Sirius con una gran sonrisa.

-Ya me lo imagino- se temió Harry la represalia de su madre mas delante.

-¡Sirius!- lo riño Lily molesta.

—¿No ha habido problemas por allí?

—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.

Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.

-Ya quiero tenerte entre mis brazos- dijo Lily con una gran sonrisa- te cuidare, te mimare, te cargare, te daré de comer, te querré mucho.

-¡Mamá!- exclamo Harry abochornado.

-Mira James, me dijo Mamá- exclamo Lily emocionada.

-¡Papá!- Harry cada vez se hacia mas pequeño en su lugar.

-Y a mi ya me dijo Papá- dijo James con emoción.

-¡chicos!- pidió Harry ayuda volteando a ver a sus amigos.

-Lo siento amigo- rio Ron por lo bajo- así son las mamas.

-Él tiene razón- apoyo Ginny a su hermano- haber como se ponen cuando sepan todo lo que hacían.

-Hay no- exclamo abatido Harry.

—¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.

—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.

—¿No puede hacer nada, Dumbledore?

—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres.

Sirius, James y Remus rieron por lo que dijo Dumbledore, no sabían eso del director

Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto. Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley.

—¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.

—¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!

—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...

—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos —susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente.

Dejó suavemente a Harry en el umbral,

-¿Cómo pudo dejarlo ahí?- se quejo Lily molesta.

-No podía tocar a altas horas de la noche en una casa Lily- se explico Dumbledore.

-Pero era solo un bebe- dijo Lily molesta, quería estrangular al profesor por atreverse a dejar a su hijo en un umbral.

-Lily, como explico Harry, era lo mejor, a mi no me habrían hecho- explico Dumbledore con melancolía.

sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos. Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora
McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.

—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.

—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius.

Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.

-Me regresaste mi moto- quiso saber Sirius.

-En realidad no, ya veras por que, ahora no puedo decir nada- negó Hagrid viendo al joven Sirius con un deje de tristeza

Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.

—Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.

Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.

—Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.

-Sabe señor… me hizo mucha falta- dijo Harry viendo a su director divertido. Este sonrió al chico para darle a entender que si entendió.

-Por que- exclamo James viendo a Harry.

-Ya veras- se encogió Harry de hombros.

Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley…

-No se porque pero creo que ese niño no me va a agradar- sentenciaron James, Remus y Sirius seriamente.

Harry rio por lo bajo y volteo a ver a sus amigos y novia de forma significativa, mientras ellos reian.

No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Harry Potter... el niño que vivió!».

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