Harry latino

jueves, 13 de diciembre de 2012

No debiste decir eso Malfoy, El callejon Diagon


Eso lunático, tu turno- sonrio James palmeando el hombro de su amigo
Remus se aclaro la garganta y se dispuso a leer

 

El callejón Diagon


Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.
«Ha sido un sueño —se dijo con firmeza—. Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir a un co­legio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena.»

Harry, en verdad amigo, no se como puedes ser tan…- comento Ron observando a su amigo con sorpresa

Ron, sabes perfectamente como me tratan mis tíos, así que ¿Qué hubieras pensado tu si te hubiera pasado lo mismo?- inquirió Harry viendo a su amigo escéptico

Ron abrió y cerró la boca varias veces para decir algo, mas nunca dijo nada, dado que no sabia que decir. Harry se le quedo mirando fijamente como queriendo decir "ves, te lo dije" y Hermione y Ginny sonrieron a sus amigos

Se produjo un súbito golpeteo.
«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado. Pero todavía no abrió los ojos. Ha­bía sido un sueño tan bonito...

Opino igual que Ron, Harry, no deberías de ser tan pesimista- sonrio James a su futuro hijo con su sonrisa característica

No tienes ni idea de lo que es vivir con ellos- rio Harry con amargura, recordando todas y cada una de las cosas que le habían tocado vivir en esa casa

¡Oh Harry!- se lamento Lily viendo a su hijo con los ojos llorosos

No pasa nada mama, solo espero ya no tener que vivir con ellos en cuanto cumpla diecisiete- repuso Harry con una tenue sonrisa

Toc. Toc. Toc.
—Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.
Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechu­za golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.
Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior. Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Ha­grid, que no se despertó. Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.
—No hagas eso.

Eso es muy lógico cuando se trata de pagar un periódico Harry y eso lo sabes muy bien- lo regaño Hermione con mirada severa

Hermione, tenia once y no sabia nada, de nada sobre magia al igual que tu, ¿recuerdas?- exclamo Harry viendo a su amiga con los ojos como platos

Lo siento- se disculpo la chica encogiéndose de hombros

Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta cerró el pico amenazadoramente y continuó atacando el abrigo.
—¡Hagrid! —dijo Harry en voz alta—. Aquí hay una le­chuza...
—Págala —gruñó Hagrid desde el sofá.
—¿Qué?
—Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.

¿Cuanto tardaste en encontrar las monedas Harry?- inquirió Sirius divertido

Bastante- respondió Harry sonriendo

Remus, Sirius y James comenzaron a reír por el comentario del chico, no sabían como, pero era gracioso imaginar a Harry buscando en un abrigo que mas bien eran puros bolsillos un par de monedas pequeñísimas para pagarle a una lechuza

Después de un par de minutos donde las restantes personas de la sala se sorprendieron por la actitud de los merodeadores se prosiguió con la lectura

El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos, con conte­nidos de todo tipo: manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té... Finalmente Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.
—Dale cinco knuts —dijo soñoliento Hagrid.
¿Knuts?
—Esas pequeñas de bronce.

Si Harry, son las pequeñitas, unas color bronce con las que puedes comprar toda clase de artículos en zonko, el mejor lugar del mundo para gente como nosotros- señalo Sirius a él, James y Remus, y luego, viendo la cara de ofendidos de Fred y George los señalo a ellos también

Harry sonrio, no sabia si debatirle ese hecho o no, ya había perdido la cuenta de cuantas veces había dicho que no sabia nada del mundo mágico

Mira Harry, un galeón, que son los más grandes y de oro equivalen a 17 sickle de plata y veintinueve Knuts equivalen a un sickle- informo Lily con ternura

Harry sonrio a su madre, en ese momento ya lo sabia, pero no se lo diría a su madre, no quería hacerla sentir mal, y menos ahora que ya se había tranquilizado un poco

Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry pudiera meter las monedas en una bol­sita de cuero que llevaba atada. Y salió volando por la venta­na abierta.
Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.
—Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos mu­chas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.
Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas. Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.

De nuevo te hace menos tu mismo- lo riño James molesto

Mi tío no iba a pagar nada del colegio y yo…- iba diciendo Harry comenzando a perder la paciencia

¿Y creías que tu madre y yo te íbamos a dejar en la calle?- inquirió James interrumpiéndole- o ¿Sirius y Remus?- lo fulmino con la mirada

Pues yo no sabia nada de nada hasta que cumplí once- contraataco Harry poniéndose de pie

¡Oh vamos! No me iras a decir que los Dursley nunca se han enterado que tienes dinero- ironizo James poniéndose también de pie molesto

¡Pues si, hasta la fecha no lo saben, salvo por lo que me dejo Sirius por herencia cuando murió, un elfo, una cuenta en Gringotts y su casa de Grimmauld Place!- exclamo Harry a voz de cuello sobresaltando a todos, pero mas a James, Remus y Sirius, los cuales abrieron la boca sorprendidos

¿Co-co-como que estoy mu-mu-muerto?- inquirió Sirius mas que sorprendido, dejándose caer mas en su puf color gris

Yo… no debí haber dicho eso… aun no- exclamo Harry abatido, con la vista clavada en Sirius

Explícate- exigió James viendo detenidamente a su hijo

No- negó Harry dejándose caer a un lado de Ginny, esta lo abrazo para darle ánimo

Dime que fue lo que paso- dijo James acercándose a su hijo y plantándose frente a él

No puedo, no debo- negó Harry a través de sus manos, las cuales le tapaban el rostro

Harry James Potter, te exijo que me digas que diantres paso- gruño James sujetando a Harry por las manos para apartarlas de su rostro y con la otra levantando con brusquedad el rostro de su hijo

¡Potter!- llamo Severus acercándose a ambos chicos- este no es el momento idóneo para que él te de explicaciones- exclamo sujetando a James por un brazo y tratando de regresarlo a su lugar

Déjame Snape, tener que darme explicaciones, no me puedo quedar tan tranquilo sabiendo que uno de mis amigos esta muerto- bufo furioso James, mientras tanto, Harry derramaba silenciosas lagrimas por el recuerdo de su padrino muerto

James- llamo Dumbledore poniéndose de pie- Severus tiene razón, no es el mejor momento para que Harry o cualquiera de nosotros te de esas explicaciones, estoy seguro que a lo largo de los libros se te aclaran muchas dudas, pero para que podamos llegar a esa parte, hace falta mucho, por favor, deja que el señor Lupin continúe

James no sabia que decir o hacer, estaba conmocionado al enterarse que su mejor amigo estaba muerto, estaba sorprendido por como se encontraba Harry en ese momento, eso solo quería decir que Harry lo conocía y lo quería, como para estar en ese estado, se acerco al que seria su hijo, le puso las manos sobre los hombros y lo jalo hacia él.

Harry, perdón por ponerme así… es solo que…- iba diciendo James pero Harry lo corto

Se como te sientes, Sirius y Remus me dijeron que ustedes dos eran casi como hermanos y siempre se cuidaban el uno al otro, pero para mi, Sirius fue como un padre, él padre que por tanto tiempo me hizo falta y el perderlo me dolió mucho- exclamo Harry viendo a su padre a la cara, se le notaba que había llorado, aunque al parecer nadie, a excepción de sus amigos y su novia se habían dado cuenta

James sonrio y abrazo a su hijo, este le devolvió el abrazo, luego se separaron y cada uno regreso a su lugar

Canuto, viejo amigo, gracias por cuidar a Harry, te debo uno- sonrio James al que es casi como su hermano

No es nada cornamenta, al fin y al cabo soy su padrino ¿o no?- sonrio este para levantarle el animo a su hermano

Remus sonrio y continuo con la lectura

—Mm... ¿Hagrid?
—¿Sí? —dijo Hagrid, que se estaba calzando sus colosa­les botas.
—Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia.
—No te preocupes por eso —dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza—. ¿No creerás que tus padres no te dejaron nada?

¿Vez?... no te dejamos en la calle- sonrio James para levantar un poquito el ánimo

Ya lo se- sonrio Harry al entender lo que trataba de hacer el que seria su padre

—Pero si su casa fue destruida...
—¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos. Come una salchicha, frías no están mal, y no me ne­garé a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.
—¿Los magos tienen bancos?
—Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.
Criaturas perversas que solo le interesan el dinero y las cosas de valor- exclamo Sirius molesto

Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.
—¿Gnomos?
—Ajá... Así uno tendría que estar loco para intentar robarlos, puedo decírtelo. Nunca te metas con los gnomos, Harry. Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dum­bledore. Asuntos de Hogwarts. —Hagrid se irguió con orgu­llo—. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... él sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo? Pues vamos.

Hagrid, no debiste decirlo eso a Harry, ya sabes lo suspicaz que es el chico- lo regaño Minerva con una mirada severa

Lo se profesora, lo siento- se encogió de hombros Hagrid

Un lo siento no cambia nada Hagrid- exclamo con voz fría Snape, fulminando al semi gigante con la mirada

De todos modos lo hubiéramos descubierto, Profesor Snape, por que como ha dicho la profesora McGonagall solemos ser muy perspicaces y usted lo sabe- exclamo Harry encogiéndose de hombros

Potter, siempre metiéndote en asuntos en los que no te llaman, siempre metiéndote en problemas, eres igual a tu padre, provocando que las demás personas se preocupen por ti, mientras tú estas muy tranquilo haciendo tus fechorías- bufo Severus con coraje contenido durante seis años

No es verdad, yo no soy como mi padre y usted lo sabe- exploto Harry poniéndose de pie

Tú que sabes, ni siquiera lo consiste lo suficiente como para saber si te pareces a él- gruño Snape acercándose al chico de ojos verdes

Lo se por lo que me han dicho los amigos de mis padre, me parezco mas a mi madre- grito Harry encarándose con su profesor de pociones

Snape se le quedo viendo fijo a los ojos verdes por un momento y luego desvió la mirada, se dio la vuelta y regreso a su lugar. James iba a decir algo, pero Remus capto la mirada de Lily y siguió con la lectura

Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry; mirando alre­dedor, buscando otro bote.
—Volando —dijo Hagrid.
—¿Volando?
Hagrid, ¿te fuiste en mi moto a buscar a Harry?- exclamo Sirius con ojos soñadores

Aja- tercio el semi gigante con una sonrisa

Sirius se quedo con la vista perdida esperando el momento de volver a casa y poder montar de nuevo su moto

—Sí... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te encontré.
Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tra­tando de imaginárselo volando.
—Sin embargo, me parece una lástima tener que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a Harry una mirada de soslayo—. Si yo... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no men­cionarlo en Hogwarts?
—Por supuesto que no —respondió Harry, deseoso de ver más magia. Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.

Hagrid- regaño la Minerva con la mirada severa al profesor

Lo siento profesora- se encogió de hombros el semigigante

Los demás reían por lo bajo por los continuos regaños que le daban a su enorme amigo

—¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar ro­bar en Gringotts? —preguntó Harry.
—Hechizos... encantamientos —dijo Hagrid, desdoblan­do su periódico mientras hablaba—... Dicen que hay drago­nes custodiando las cámaras de máxima seguridad. Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por de­bajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aun­que hubieras podido robar algo.
Harry permaneció sentado pensando en aquello, mien­tras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendi­do de su tío Vernon que a las personas les gustaba que las de­jaran tranquilas cuando hacían eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas que hacer en su vida.

Harry, yo te hubiera respondido todas las dudas que tuvieras, claro, las que supiera, no me hubiera molestado- exclamo Hagrid con una sonrisa bondadosa

Gracias Hagrid- exclamo el chico devolviéndole la sonrisa

—El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre           —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.
—¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó Harry, sin poder contenerse.
—Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dum­bledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hog­warts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el traba­jo. Nunca ha existido nadie tan chapucero. Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.

¿El idiota de Cornelius se volvió Ministro de magia?- inquirieron sorprendidos los tres merodeadores

¿Quién fue lo suficientemente idiota para nombrarlo ministro?- inquirió Sirius sorprendido

Como nadie les respondía, Remus prosiguió con la lectura, esperando encontrar la respuesta

—Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?
—Bueno, su trabajo principal es impedir que los mug­gles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tran­quilos.

Yo creí que era para nuestra propia seguridad- inquirió Lily observando a Dumbledore

En parte es por eso- repuso el director con una sonrisa

En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle. Hagrid dobló su periódico y subieron los esca­lones de piedra hacia la calle.
Los transeúntes miraban mucho a Hagrid, mientras recorrían el pueblecito camino de la estación, y Harry no se lo podía reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cual­quiera, sino que señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz alta:
—¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos muggles inventan, ¿verdad?

Hagrid- rugió Minerva sobresaltando a todos

Lo siento profesora, pero es verdad, no creo ser el único que se sorprenda por lo que inventan los muggles para tener una vida mas relajada

Ron y Ginny rieron por lo bajo pensando en lo que diría su padre

—Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco mientras corre­teaba para seguirlo—, ¿no dijiste que había dragones en Grin­gotts?
—Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me gustaría tener un dragón.
—¿Te gustaría tener uno?

Harry, Ron y Hermione comenzaron a reír a mandíbula abierta, recordando todas y cada una de las cosas que tuvieron que pasar por culpa de un cachorro de dragón.

Los demás se les quedaron viendo extrañados, mas no dijeron nada, ya sabrían que es lo que pasaba.

—Quiero uno desde que era niño... Ya estamos.
Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde. Hagrid, que no entendía «el dineromuggle», como lo llamaba, dio las monedas a Harry para que comprara los billetes.
La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa de circo color amarillo canario.
—¿Todavía tienes la carta, Harry? —preguntó, mientras contaba los puntos.
Harry sacó del bolsillo el sobre de pergamino.
—Bien —dijo Hagrid—. Hay una lista con todo lo que ne­cesitas.
Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche an­terior, y leyó:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

UNIFORME
Los alumnos de primer año necesitarán:

        Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).
        Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.
        Un par de guantes protectores (piel de dra­gón o semejante).
        Una capa de invierno (negra, con broches plateados).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar eti­quetas con su nombre.)

LIBROS
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los si­guientes libros:
        El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.
        Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.
        Teoría mágica, Adalbert Waffling.
        Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.
        Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.
        Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.
        Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.
        Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.

RESTO DEL EQUIPO
1 varita.
1 caldero (peltre, medida 2).
1 juego de redomas de vidrio o cristal.
1 telescopio.
1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

Siempre me ha molestado eso, no poder llevar la escoba en primero, es un castigo muy cruel- sentencio James molesto

Harry y sus amigos y novia rieron ante esto, él, Harry, si que había tenido escoba en primero y todo por culpa de Malfoy

¿Qué es lo gracioso?- inquirió James observando a los chicos

Ya veras papa- sonrio Harry por toda respuesta

James, ansioso por conocer la respuesta de esa conducta extraña exigió a Remus seguir leyendo

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE ALOS DE PRI­MER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

—¿Podemos comprar todo esto en Londres? —se pregun­tó Harry en voz alta.
—Sí, si sabes dónde ir —respondió Hagrid.


Harry no había estado antes en Londres. Aunque Hagrid pa­recía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostum­brado a hacerlo de la forma ordinaria. Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.
—No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia —co­mentó, mientras subían por una escalera mecánica estropea­da que los condujo a una calle llena de tiendas.
Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era man­tenerse detrás de él.

Las risas no se hicieron esperar, los chicos comenzaron a reír y para poderlos parar se tuvo que esperar alrededor de diez minutos, una vez calmados, Remus, con los ojos llorosos prosiguió con la lectura

Pasaron ante librerías y tiendas de músi­ca, ante hamburgueserías y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas. Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría cantidades de oro de ma­gos enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley?

Harry, esa gente no tiene sentido del humor- exclamo James incrédulo, viendo a su hijo

Eso lo se- exclamo Harry negando divertido

Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor, podría haber­lo pensado. Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.

Gracias Harry- contesto Hagrid con agradecimiento

No tienes por que- sonrio Harry observando a su gran amigo

—Es aquí —dijo Hagrid deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.
Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían. Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo entrar.
Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destarta­lado.

Es igualito, no ha cambiado nada- sentencio Sirius recordando sus andadas en ese bar

Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, toman­do copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detu­vo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:
—¿Lo de siempre, Hagrid?
—No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándole a doblar las rodillas.
—Buen Dios —dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry—. ¿Es éste... puede ser...?
El Caldero Chorreante había quedado súbitamente in­móvil y en silencio.
—Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry Pot­ter... todo un honor.
Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.
—Bienvenido, Harry, bienvenido.
Harry no sabía qué decir. Todos lo miraban. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le ha­bía apagado. Hagrid estaba radiante.

Imposible, un Potter no puede comportarse como si nada frente a la gente- exclamo sorprendido James

Papa, nunca me ha gustado ser famoso por algo que me ha hecho muy infeliz- dijo Harry con seriedad

No sabia que te molestaba tanto- exclamo Sirius sorprendido- a tu padre siempre le encanta llamar la atención

Y al joven Potter también- informo Severus de forma despectiva

Eso no es verdad- ataco Harry molesto

Claro que lo es, te encanta pavonearte por el colegio a media noche- dijo Severus con una malévola sonrisa

No es cierto, yo nunca…

¿Tu nunca?- se mofo Severus- Potter, te he atrapado muchas veces merodeando por los pasillos pasada la media noche

Eso es po que he tenido…

¿Has tenido?- inquirió Severus con ironía- Potter, el colegio tiene magos calificados para esa clase de trabajos, mas son embargo usted piensa que es el único

Ya basta Severus- lo atajo Dumbledore en voz lo suficientemente audible para calmar a profesor y alumno- no es el momento para esto

Severus, molesto, se recargo en su asiento y espero a que se continuara la lectura. James estaba furioso, y Sirius no se quedaba atrás, ninguno soportaba que tratar así a Harry

Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.
—Doris Crockford, Harry. No puedo creer que por fin te haya conocido.
—Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa.
—Siempre quise estrechar tu mano... estoy muy compla­cido.
—Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto. Mi nom­bre es Diggle, Dedalus Diggle.
—¡Yo lo he visto antes! —dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción—. Us­ted me saludó una vez en una tienda.

Severus iba a decir algo, pero vio la mirada que le lanzo Dumbledore y se quedo callado

—¡Me recuerda! —gritó Dedalus Diggle, mirando a to­dos—. ¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí!
Harry estrechó manos una y otra vez. Doris Crockford volvió a repetir el saludo.
Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.
—¡Profesor Quirrell! —dijo Hagrid—. Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts.
—P-P-Potter —tartamudeó el profesor Quirrell, apre­tando la mano de Harry—. N-no pue-e-do decirte l-lo conten­to que-e estoy de co-conocerte.
—¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?

¡Estúpido!- bufaron Harry, Ron y Hermione molesto

¿Qué?- inquirieron James y Lily sorprendidos

Ya verán- exclamo Hermione con un ademan de mano restándole importancia

—D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras —murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello—. N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter?   —Soltó una risa nerviosa—. Estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que b-buscar otro l-libro de va-vampiros. —Pareció aterrorizado ante la simple mención.

Si usted dice- ironizo Harry molesto

Pero los demás, no permitieron que el profesor Quirrell acaparara a Harry. Éste tardó más de diez minutos en despe­dirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.
—Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry.
Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.
Hagrid miró sonriente a Harry
—Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque te diré que habitualmente tiembla.

Sigo pensando que no me gusta ser famoso por algo como eso- exclamo Harry tomando con firmeza la mano de Ginny como apoyo

—¿Está siempre tan nervioso?
—Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero en­tonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura... Ahora ¿adónde vamos, paraguas?

Harry, Hermione y Ron intercambiaron miradas entre ellos, ese profesor no les agradaba ni lo mas mínimo, acción que no paso desapercibida ni por Ginny, los gemelos, Lily ni los merodeadores

¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.
—Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Co­rrecto. Un paso atrás, Harry
Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.
El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpen­teaba hasta quedar fuera de la vista.
—Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón Diagon.
Sonrió ante el asombro de Harry Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.
El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tama­ños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.
—Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.
Harry deseó tener ocho ojos más. Movía la cabeza en to­das direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fue­ra y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos pa­saron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...».

Aunque voy año tras año desde que me entere que soy bruja, me sorprende mucho ese lugar- exclamo Lily cerrando los ojos y dejando trabajar su imaginación para recordar el callejón con lujo de detalle

Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color par­do, castaño, gris y blanco». Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mi­rad —oyó Harry que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.» Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamien­tos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, glo­bos con mapas de la luna...
—Gringotts —dijo Hagrid.
Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...
—Sí, eso es un gnomo —dijo Hagrid en voz baja, mien­tras subían por los escalones de piedra blanca. El gnomo era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e in­teligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, de­dos y pies muy largos. Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.

Esa inscripción aun me asusta un poco- confeso James abrazando a Lily con ternura

Entra, desconocido, pero ten cuidado
Con lo que le espera al pecado de la codicia,
Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,
Deberán pagar en cambio mucho más,
Así que si buscas por debajo de nuestro suelo
Un tesoro que nunca fue tuyo,
Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado
De encontrar aquí algo más que un tesoro.

—Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí —dijo Hagrid.

Harry, Ron y Hermione volvieron a intercambiar miradas sombrías, pues ellos sabían muy bien, que de no ser por Hagrid, la piedra filosofal habría sido robada ese mismo día

Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un cen­tenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuen­tas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestí­bulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guia­ban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acerca­ron al mostrador.
—Buenos días —dijo Hagrid a un gnomo desocupado—. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.
—¿Tiene su llave, señor?
—La tengo por aquí —dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro sobre el libro de cuentas del gnomo. Éste frunció la nariz. Harry observó al gnomo que tenía a la dere­cha, que pesaba unos rubíes tan grandes como carbones bri­llantes.
—Aquí está —dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.
El gnomo la examinó de cerca.
—Parece estar todo en orden.
—Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo-que-us­ted-sabe, en la cámara setecientos trece.

Hagrid, nunca uses un tomo misterioso frente…

Ahora lo se profesora McGonagall, pero como bien dicen los chicos, ellos lo hubieran descubierto de todos modos- se encogió de hombros negando abatido Hagrid

El gnomo leyó la carta cuidadosamente.
—Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a ha­cer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Grip­hook!
Griphook era otro gnomo. Cuando Hagrid guardó todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.
—¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece? —preguntó Harry.

McGonagall sonrio satisfecha, pues sabia que estaba en lo correcto y Hagrid se encogió en su asiento.

—No te lo puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.
Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasi­llo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Griphook silbó y un pe­queño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron (Ha­grid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.
Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, de­recha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquier­da, pero era imposible. El veloz carro parecía conocer su ca­mino, porque Griphook no lo dirigía.

Como odio esos carros- bufaron James y Sirius a la vez, estos se voltearon a ver y soltaron una estruendosa carcajada

A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde. Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.
—Nunca lo he sabido —gritó Harry a Hagrid, para ha­cerse oír sobre el estruendo del carro—. ¿Cuál es la diferen­cia entre una estalactita y una estalagmita?

Bueno Harry, una estalactita son formaciones mineralizadas que cuelgan del techo de las cuevas y una estalagmita es lo mismo, solo que esta comienza en el suelo de una cueva- informo Hermione con una sonrisa de lado

Gracias Hermione, era fecha que aun no lo sabia, me has quitado una gran duda- ironizo Harry divertido

Harry, no es divertido- exclamo Hermione entre molesta y divertida

Hermione, eso paso hace mucho, ya ni me acordaba- exclamo el chico con una ademan de mano exasperado

Harry, eso no ha sido muy educado- lo regaño Lily con severidad- discúlpate con Hermione

Lo siento- exclamo el chico con la cabeza gacha

No hay de que-sonrio la chica satisfecha

—Las estalagmitas tienen una eme —dijo Hagrid—. Y no me hagas preguntas ahora, creo que voy a marearme.
Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las rodillas.
Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Mon­tones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.
—Todo tuyo —dijo Hagrid sonriendo.
Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían saber­lo, o se abrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos.

¿Ahora vez por que no lo saben?- inquirió Harry viendo a su padre divertido

Si, ya veo- sonrio James con un encogimiento de hombros

¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba man­tener a Harry? Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.
Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.
—Las de oro son galeones —explicó—. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a unsickle, es muy fácil.

Eso ya lo explique- exclamo Lily divertida

Si amor, eso tu lo explicaste- la beso James con ternura en los labios

---Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti. —Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?
—Una sola velocidad —contestó Griphook.
Fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada sub­terránea, y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogién­dolo del cuello.
La cámara setecientos trece no tenía cerradura.
—Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapare­ció—. Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado —añadió.
—¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya que­dado nadie dentro? —quiso saber Harry.

Harry ¿Por qué preguntaste eso?- inquirió Sirius encogido en su banca

Tenia curiosidad- repuso el chico encogiéndose de hombros

Esos seres son las creaturas más terroríficas que he conocido en mi vida- exclamo Sirius con un leve escalofrió

—Más o menos cada diez años —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.

Vez, terroríficas- señalo Sirius con un leve escalofrió recorriéndole la espalda

Algo realmente extraordinario tenía que haber en aque­lla cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.

Creo saber que es- exclamo James divertido

¿En serio cornamenta?- ironizo Sirius volviendo a reír- ilústranos

Si mis deducciones no fallan, creo sin miedo a equivocarme, que es la piedra filosofal- exclamo el chico con un dedo alzado y expresión solemne

Mi querido cornamenta, tus deducciones me sorprende, yo estaba a punto de decir lo mismo, ya decía yo que los Gryffindor teníamos las mentes mas admiradas en toda la escuela- le siguió la corriente Sirius con el mismo tono solemne que su casi hermano

Mi estimado canuto, opino igual que usted- exclamo James con una seriedad nada propia en él

Chico, ¿crees que podría seguir leyendo?- inquirió Remus un poco arto

Claro, mi estimado Lunático, prosiga con la lectura por favor- pidió de manera solemne James

Remus rodo los ojos, los gemelos se tapan la boca con las manos para evitar soltar la carcajada y Harry y compañía negaba con la cabeza, mientras Remus reanudaba la lectura

—Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me ha­bles durante el camino; será mejor que mantengas la boca ce­rrada —dijo Hagrid.


Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir pri­mero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que te­nía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.
—Tendrías que comprarte el uniforme —dijo Hagrid, se­ñalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las oca­siones»—. Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts. —To­davía parecía mareado, así que Harry entró solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.
Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.
—¿Hogwarts, guapo? —dijo, cuando Harry empezó a ha­blar—. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.
En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y pun­tiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra. Madame Malkin puso a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apro­piado.
—Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?
—Sí —respondió Harry.
—Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las pala­bras—. Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carre­ra. No sé por qué los de primer año no pueden tener una pro­pia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.
Harry recordaba a Dudley

De seguro es Malfoy, y si se llegara a enterar que lo estas comparando con un muggle se pondrá feo- rio Sirius divertido

En eso, salido de la nada, un chico pálido como la cera, con unas ojeras más grandes que de una anciana loca y un color gris enfermizo en el rostro apareció en medio de la sala con cara de sorpresa

Malfoy- exclamo Harry poniéndose de pie y apuntándolo con su varita- ¿Qué haces aquí?- rugió el chico aferrando su varita

A ti que te importa, Potter- escupió Malfoy con desprecio en la voz

No te atrevas a hablarle así a mi hijo- rugió James colocándose a un lado de Harry con la varita en alto

U-u-usted este muerto- chillo Malfoy sorprendido- todo el mundo lo sabe, el señor tenebroso los mato a usted y su esposa

Te equivocas, estoy vivita y coleando- exclamo Lily colocándose del otro lado de su hijo

Draco retrocedió un par de pasos, estaba muy sorprendido de ver gente muerta frente a él

¿Qué hay querido sobrino?- rio Sirius divertido

Tu estas muerto, mi tía Bellatrix me dijo que te mato en el ministerio el verano pasado- grito Draco aterrado

Bueno, al menos se que acaba de pasar- exclamo Sirius después de recuperarse de la sorpresa
Te pregunte Malfoy, ¿Qué diantres haces aquí?- exclamo Harry acercando a su enemigo declarado apuntándolo directo al pecho

Baja tu varita Potter, no te tengo miedo- rio burlonamente Draco

En eso una carta cayó a los pies de Remus, este la tomo y comenzó a leer

Querido amigos y familiares

Como ya les habíamos dicho en una ocasión, personas irán apareciendo conforme avancen con la lectura de los libros, personas que serán de suma importancia en la historia de la vida de todos, así que tiene que recibirlos y explicarles que es lo que esta pasando, se que será difícil con unas personas, pero es de suma importancia que lo sepan, pues también a ellos les afecta los que leerán en los libros.

Att: H.G.H.R

Harry fulmino el pergamino con una mirada fiera, bajo su varita y regreso a su lugar, al igual que sus padres. Severus se puso en pie, tomo a Draco por los hombros y lo sentó a un lado de él, Draco se veía molesto, pero no se movió, todavía estaba conmocionado por ver a gente que él creía muerta

 Draco, ya se que esto es sorprendente, pero ellos no son las personas que tu conociste o de las que te contaron, ellos vienen del pasado, y junto con ellos llegaron unos libros que relatan todo lo que Harry  y sus amigos pasaron en Hogwarts y al parecer tu tienes que ver en eso, por eso estas aquí- informo Dumbledore con voz calmada

Yo… yo que tengo que ver en esto- inquirió Draco sorprendido

No es obvio Malfoy- exclamo Hermione molesta- la mayoría de lo que hemos hecho en Hogwarts tu has estado involucrado de una u otra forma- exclamo con desprecio la chica

Granger, a mi no me metan en sus cosas- exclamo el chico molesto y con asco

Draco, no le hables así a la señorita Granger- lo riño Snape

James y sus amigos se sorprendieron, pero no mas que Harry y los suyos, Snape por lo regular no se comportaba así con ella. Draco también se sorprendió, una cosa era que sintiera desprecio hacia él por que le había quitado el lugar a su padre, pero otra que defendiera a una sangre sucia

Remus, después de la conmoción siguió con la lectura


—¿Tú tienes escoba propia? —continuó el muchacho.
—No —dijo Harry.
—¿Juegas al menos al quidditch?
—No —dijo de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el quidditch.
—Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligie­ran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuer­do. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?
—No —dijo Harry, sintiéndose cada vez más tonto.

Pues en verdad eres un tonto- rio Draco despectivamente

Cállate Malfoy- bufo Harry echando chispas por los ojos

Así se habla hijo- lo felicito James

Harry sonrio satisfecho y Draco echaba chispas por los ojos molesto

—Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?
—Mmm —contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante.
—¡Oye, mira a ese hombre! —dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.
—Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.
—Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?

Hagrid no es ningún sirviente, niño mimado-  exclamo James molesto, fulminando al chico con la mirada

Draco se encogió en su lugar, ahora veía de donde había sacado Harry el coraje cuando se enojaba

Es verdad niñito, Hagrid no es ningún sirviente, mocoso tonto- dijo Lily echando chispas por los ojos

Ante esto, si Draco ya estaba hecho un ovillo en su puf, se encogió todavía más, no solo era heredacion de su padre el coraje que Harry tenia, también era por parte de su madre, pero al conjuntarlos, daba como resultado Harry, un chico con un coraje admirable, aunque Draco nunca lo diría.

—Es el guardabosque —dijo Harry. Cada vez le gustaba menos aquel chico.
—Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termi­na prendiendo fuego a su cama.

¿Cómo te atreves?- rugió Lily poniéndose de pie y encarando al chico que solo era un palmo mas alta que ella

Pues es verdad, es un completo imbécil- exclamo Draco sin pensarlo- un completo imbécil que terminara muy mal por juntarse con gente como san Potter- fulmino a Harry con la mirada

Mira niñito, a mi me puedes decir lo que quieras, pero con Harry no te metas- sentencio Lily echando chispas verdes por los ojos, provocando que Draco se volviera a hundir en su silla

Harry sonreía abiertamente, era la primera vez que su madre lo defendía y eso le agradaba más de lo que pensaba o hubiera podido imaginarse

—Yo creo que es estupendo —dijo Harry con frialdad.

Así se habla cachorro- lo felicito Sirius palmeándole el hombro

—¿Eso crees? —preguntó el chico en tono burlón—. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?
—Están muertos —respondió en pocas palabras. No te­nía ganas de hablar de ese tema con él.

Lily, James, Sirius y Remus agacharon la mirada, Draco vio con una sonrisa burlona a Harry y este se lanzo contra él derribándolo de un golpe en el pómulo derecho

Estúpida- serpiente- rastrera- exclamo Harry asestando un golpe en la cara o abdomen del chico con cada palabra que decía- no- te- atrevas- a- burlarte- de ellos- en- mi- presencia- golpe, palabra, golpe.

Potter, tranquilízate- exclamo McGonagall sujetando al chico por los hombros

Profesora, suélteme- pidió Harry forcejeando con su profesora

Harry- pidió Ginny abrazándolo por la cintura- se como te siente, te juro que en cuanto termine todo esto yo te ayudo a darle la paliza de su vida que deseara nunca volver a burlarse de tu familia o la mía, pero por el momento déjalo- mascullo la chica aferrada a su novio

Solo por que tú me lo pides- exclamo Harry lanzándole una mirada envenada a Malfoy el cual retrocedió asustado

Harry y Ginny regresaron a sus lugares, James, Sirius y Remus miraban al chico con los ojos encendidos, Severus trato de ayudar a Draco a ponerse en pie pero este se deshizo de su ayuda con un encogimiento de brazo y regreso a su lugar, mientras Ron, Hermione y los gemelos lo seguían con la mirada

—Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara—. Pero eran de nuestra clase, ¿no?
—Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres

Buena respuesta hijo, aunque no tenías por que responderle nada- exclamo James fulminando al rubio con la mirada

—Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?

¿Qué te importa?- rugió Sirius molesto, detestaba esa parte de su familia, el hecho de que les importara mas la sangre que las personas

Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madame Malkin dijo:
—Ya está listo lo tuyo, guapo.
Y Harry, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.
—Bien, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el muchacho.
Harry estaba muy silencioso, mientras comía el helado que Hagrid le había comprado (chocolate y frambuesa con trozos de nueces).
—¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.
—Nada —mintió Harry. Se detuvieron a comprar perga­mino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir. Cuando sa­lieron de la tienda, preguntó:
—Hagrid, ¿qué es el quidditch?
—Vaya, Harry; sigo olvidando lo poco que sabes... ¡No sa­ber qué es el quidditch!

Si Harry, es imposible que no sepas que es Quidditch- exclamo James sorprendido

Papa, no sabia nada del mundo mágico- respondió Harry con un encogimiento de hombros

Lo siento- se disculpó James con una sonrisa de lado

No importa- atajo Harry con un ademan

—No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le contó a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin.
—... y dijo que la gente de familia de muggles no debe­rían poder ir...
—Tú no eres de una familia muggle. Si hubiera sabido quién eres... Él ha crecido conociendo tu nombre, si sus pa­dres son magos. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he cono­cido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!

Nos impresiona tu sabiduría Hagrid- sonrieron los gemelos divertidos

¡Oh! Ya basta los dos- exclamo Hagrid con sonrojo

—Entonces ¿qué es el Quidditch?
—Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarte las reglas.

No es cierto, no lo es, es demasiado fácil- exclamaron James y Harry a la vez, se voltearon a ver y comenzaron a reír a la vez por la similitud

—¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?
—Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Huf­flepuff son todos inútiles, pero...
—Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desa­nimado.
—Es mejor Hufflepuff que Slytherin —dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quien-tú-sabes fue uno.
—¿Vol... perdón... Quien-tú-sabes estuvo en Hogwarts?

Harry no debes…

Papa, antes de que me digas algo, yo no le tengo miedo al nombre de ese… "hombre", es solo que no sabia muchas cosas- explico Harry sonriendo a su padre

Este sonrio y Remus continúo leyendo

—Hace muchos años —respondió Hagrid.
Compraron los libros de Harry en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de li­bros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arras­trar a Harry para que dejara Hechizos y contrahechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mante­quilla, Lengua Atada y más, mucho más), del profesor Vin­dictus Viridian.
—Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley

No lo necesitas, nosotros te enseñamos- exclamo Sirius señalando a todos y cada uno de los bromistas y estos sonrieron asintiendo decididos

—No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en cir­cunstancias muy especiales —

Como con un primo que te hace la vida imposible- sonrio James divertido y Harry río con alegría

dijo Hagrid—. Y de todos mo­dos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.
Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un sólido cal­dero de oro (en la lista decía de peltre) pero consiguieron una bonita balanza para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En el suelo ha­bía barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hier­bas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que esta­ba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes bási­cos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco knuts la cucharada).
Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry
—Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños.
Harry sintió que se ruborizaba.
—No tienes que...
—Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué será, te com­praré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán... y no me gustan los gatos, me hacen estornudar. Te voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu corres­pondencia y todo lo demás.
Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa le­chuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala.

Gracias Hagrid, en verdad no debías- exclamo Lily sonriendo al guardabosque

Lo repito, no fue nada- sonrio el guardabosque con ternura

Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el pro­fesor Quirrell.
—Ni lo menciones —dijo Hagrid con aspereza—. No creo que los Dursley te hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor.
Una varita mágica... Eso era lo que Harry realmente ha­bía estado esperando.
La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento esca­parate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.

Al fin, tu varita- exclamo emocionado James

Eso lo esperaba desde el primer párrafo- exclamo Sirius a la expectativa

Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragó una cantidad de preguntas que se le acaba­ban de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por al­guna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silen­cio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.
—Buenas tardes —dijo una voz amable.
Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresal­tarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla.
Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y páli­dos, brillaban como lunas en la penumbra del local.
—Hola —dijo Harry con torpeza.
—Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a ver­te pronto. Harry Potter. —No era una pregunta—. Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encanta­mientos.

No puedo creer que después de tantos años pueda recordar mi varita- sonrio la chica con nostalgia

El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho de­seó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.
—Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he di­cho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.

A mi me dijo lo mismo, me describió las varitas de mis padres y que la varita elige al mago, se por que es, pero no le encuentro lógica- exclamo James rascándose la sien pensativamente

El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi estaban nariz contra nariz. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.
—Y aquí es donde...
El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco.
—Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivoca­das... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo...
Negó con la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.
—¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?
—Así era, sí, señor —dijo Hagrid.
—Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron —dijo el señor Ollivander, súbitamen­te severo.
—Eh..., sí, eso hicieron, sí —respondió Hagrid, arrastrando los pies—. Sin embargo, todavía tengo los pedazos —aña­dió con vivacidad.
—Pero no los utiliza, ¿verdad? —preguntó en tono severo.
—Oh, no, señor —dijo Hagrid rápidamente. Harry se dio cuenta de que sujetaba con fuerza su paraguas rosado.
—Mmm —dijo el señor Ollivander, lanzando una mira­da inquisidora a Hagrid—. Bueno, ahora, Harry.. Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas pla­teadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?
—Eh... bien, soy diestro —respondió Harry.
—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Harry. Utilizamos pelos de uni­cornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dra­gón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.
De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales, lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.

Eso es demasiado incomodo- dijo Sirius recordando su visita a Ollivander hace años y lo incomodo que fue

—Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, Harry Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexi­ble. Cógela y agítala.
Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto) la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inme­diato.
—Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba...
Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el se­ñor Ollivander se la quitó.
—No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún cen­tímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.
Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba bus­cando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que esta­ban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento pare­cía estar.
—Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encon­traremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.
Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estalló en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Hagrid lo vitoreó y aplau­dió y el señor Ollivander dijo:
—¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...
Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».

¿Qué es curioso?- inquirió James pensativo

Esto no me agrada- exclamo Harry por lo bajo a sus amigos

Tranquilo, no lo tomaran a mal- lo tranquilizo Hermione

Espero- exclamo Harry viendo al libro con desprecio

—Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?
El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.
—Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de don­de salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras desti­nado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.

¿Qué?- gritaron los merodeadores y Draco a la vez

Imposible- sentencio Severus sorprendido

No, no lo es, gracias a eso, es como me he librado hace dos años de haber muerto- susurro Harry a sus amigos

Harry tragó, sin poder hablar.
—Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuér­dalo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.
Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.

Creo que esta un poco psiquis, ¿no crees?- inquirió Sirius viendo a sus amigos y estos asintieron

Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. Harry no habló mientras salían a la calle y ni si­quiera notó la cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con una serie de pa­quetes de formas raras y con la lechuza dormida en el regazo de Harry. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. Harry acababa de darse cuenta de dónde estaban cuando Hagrid le golpeó el hombro.
—Tenemos tiempo para que comas algo antes de que sal­ga el tren —dijo.
Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a co­mer en unas sillas de plástico. Harry miró a su alrededor. De alguna manera, todo le parecía muy extraño.
—¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso —dijo Hagrid. Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había teni­do el mejor cumpleaños de su vida y, sin embargo, masticó su hamburguesa, intentando encontrar las palabras.
—Todos creen que soy especial —dijo finalmente—. Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el se­ñor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pue­den esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron.

Severus, aunque tenia un rostro inmutable, sus ojos veían a Harry y luego a Lily y James esperando el momento en que Harry diera a lucir el hecho de que se parecía mucho a su padre, pero al escuchar esa frase, su rostro por poco y muestra la sorpresa que sintió, pero alcanzo a controlarla a tiempo. Potter no podía pensar aquello, él y su padre eran muy parecidos y eso lo demostraría tarde o temprano, a lo largo de las historias.

Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enma­rañada y las espesas cejas había una sonrisa muy bondadosa.
—No te preocupes, Harry. Aprenderás muy rápido. To­dos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es difícil. Has estado lejos y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso.
Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría has­ta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.
—Tu billete para Hogwarts —dijo—. El uno de septiem­bre, en Kings Cross. Está todo en el billete. Cualquier proble­ma con los Dursley y me envías una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré pronto, Harry.

Hagrid, creo que no le dijiste como pasar la barrera- observo Remus interrumpiendo su lectura

Lo siento Harry- se disculpo Hagrid viendo al chico

Descuida, tal vez de no ser por eso, no habría conocido a Ron ni a los Weasley ese día- sonrio el chico de lado

El tren arrancó de la estación. Harry deseaba ver a Ha­grid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla,  pero parpadeó y Hagrid ya no estaba.

Bueno, aquí termina- informo Remus levantando la vista

El siguiente podría leerlo el señor Ronal Weasley- sonrio el director a su alumno pelirrojo

¿Yo?- exclamo sorprendido Ron señalándose a si mismo

Si Ron, lo harás bien- lo animo Hermione con una sonrisa

Ron volteo a ver a Harry y este asintió con una sonrisa torcida, Ginny sonrio a un lado de su novio, Ron inspiro y exhalo dos veces y exclamo

Bien, yo leeré- suspiro el chico tomando el libro que le pasaba Remus

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